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El centrismo a debate

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Javier Martínez Gracia




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MensajeTema: El centrismo a debate   Sáb Jun 21, 2008 10:41 am

La innovadora idea con la que UPyD saltó a la palestra de pretender superar la tradicional división del espectro político en “izquierdas” y “derechas” nos introduce en parámetros políticos que empezaron a hacerse ineludibles a raíz de la caída del Muro de Berlín en 1989, y que, en mi opinión, irán imponiéndose de modo irremediable.

Por eso me parece peligrosa la posibilidad de que, arrimada a las viejas inercias, se imponga en la opinión pública –y peor aún, entre nosotros– la idea de que UPyD es un partido de centro, cuyo hábitat natural se situaría en algún punto intermedio entre la derecha del PP y la izquierda del PSOE. Porque ¿a qué ha quedado reducido el centro en la actualidad? Rajoy, que, junto a los suyos, trata de hacerse un huequecito en tan disputado lugar del paisaje político acaba de decir ayer, jueves 19 de junio, que “el centro no es una ideología sino una actitud ante la vida”, y, glosando esta afirmación, ha añadido que es “la capacidad de dialogar con todos”. Cuando Rajoy dice asimismo que la “actitud de centro” ha de ser ajena a las doctrinas, está queriendo decir que eso que inevitablemente llevan consigo las ideologías, esto es, principios y convicciones, son un lastre a la hora de hacer política centrista.

En general, la materia prima con la que se elabora la acción política son los problemas y los conflictos sociales. Bueno o malo, el político es un especialista en el tratamiento y eventual solución de tales problemas y conflictos. Pues bien, el político centrista es (no sé si desde siempre, pero hoy se ha impuesto que lo sea de forma harto explícita) el tipo de político que, encargado de resolver un problema, lo que hace en realidad es ponerlo en cuarentena, enfriarlo o camuflarlo, más que solucionarlo, y a la hora de resolver un conflicto, busca más bien la manera de hacer el apaño, componenda o media ponderada entre las posiciones en conflicto.

Aunque en combinación con sus otras partes extremistas (sigue siendo en gran medida un adolescente visionario), Zapatero es también, ante todo, otro político centrista. Podríamos decir que su única convicción profunda es la de que la verdad es el resultado del diálogo. Ese es precisamente el sentido de su afirmación de que, frente al axioma cristiano de que “la verdad nos hará libres”, él lo que cree es que es “la libertad lo que nos hace verdaderos”. Profundiza en esta idea en el prólogo al libro de Jordi Sevilla “De nuevo socialismo”, en donde dice: “Ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica”. Y también: “En política todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, de valores y de argumentos racionales que nos guíen en la resolución de los problemas”. Pragmatismo puro, por lo tanto.

La verdad para Zapatero es el resultado final de un “proceso de diálogo”, el que, por ejemplo, puede tener lugar entre ETA y el Gobierno (entonces pasa a llamarse “proceso de paz”) o entre la civilización occidental y la islámica (y será entonces conocido como “diálogo de civilizaciones”), si las dos partes están de acuerdo en caminar hacia el centro de ambas desde sus respectivas posiciones de partida. Se pretende así llegar a la teratológica síntesis alquímica entre asesinos y víctimas, entre regímenes democráticos y tiranías medievales… Por desgracia, creo que no anda ya lejos de estas posiciones el Rajoy posterior al 9-M, el que está dispuesto a “dialogar con todos”.

Pero no nos engañemos: el punto medio que busca esta clase de políticos no es aquél al que aludía Aristóteles como nicho de la virtud. Es en realidad aquel otro que exasperaba a Carl Gustav Jung, y que le hacía renegar de “esas tibias situaciones intermedias malditas de Dios”. Y es que muy a menudo, la razón no está repartida entre los contendientes, sino que hay quien tiene razón y quien no la tiene. Y es preciso saber afirmarse en esa razón no con moderación o tibieza “centrista”, sino rotunda y categóricamente. Lo contrario significaría recaer en la antigua sofística, para la cual el político no tenía que creer en nada, sólo perseguir el interés coyuntural, y, eso sí, aprender retórica y oratoria para hacer creer a los demás que en esas miserables pretensiones reside la verdad.

Javier Martínez Gracia
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